La razón de nuestra esperanza

Published: September 15, 2018

Este es el 8º artículo de una serie de diez.

Por Cackie Upchurch
Directora del Estudio Bíblico de Little Rock

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“Estén siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza.” Estas palabras de 1 Pedro 3,15 suponen que la esperanza es una característica especial del pueblo de Dios. Parecen particularmente adecuadas en la situación de nuestro mundo actual y en medio de las recientes revelaciones sobre conductas abusivas y criminales dentro de nuestra iglesia.

¿Somos demasiado ingenuos al tener esperanza en tiempos como los nuestros? ¿Estamos simplemente siendo optimistas en lugar de realistas?

El símbolo que los cristianos a menudo asocian a la esperanza es el áncora. Hebreos 6:19 se refiere a la esperanza como “el áncora del alma, segura y firme.” Lo interesante de las áncoras es que, con lo grandes y pesadas que son, hacen su verdadero trabajo bajo la superficie y no se ven hasta que son levantadas del agua para que el barco pueda avanzar. Las áncoras aseguran en su lugar cualquier cosa desde una barquilla a un crucero, asegurándose de que el navío no se deje llevar por corrientes fuertes y vientos amargos.

¿Cuál es la pregunta para nosotros? ¿Qué es lo que ancla nuestras vidas privadas y la vida de nuestras comunidades de fe? La Biblia revela que Dios es a la vez la fuente de nuestra esperanza y su fin último. La Biblia no dice que la esperanza sea fácil. Se construye en la confianza en Dios, un Dios que, como nos dice la Biblia, es constante en su cuidado de nosotros.

El cuidado de Dios puede venir en forma de liberación (Éx 15), o de la unción de un rey (2 Sam 2,1-7; 5:1-5), o la oportunidad de arrepentirse de un pecado y regresar a la alianza. (Joel 2,12-18). Se puede demostrar en las historias más personales de sanación (Lucas 5,12-26), perdón (Juan 8,1-11), seguridad (Mt 6,25-34), e incluso corrección (Marcos 10,35-45).

Confiamos en Dios no porque seamos optimistas, sino porque Dios es fiel. Orar con las enseñanzas e historias de la Biblia nos ayuda a reconocer la fidelidad y el cuidado permanente de Dios en nuestras propias vidas y en las vidas de aquellos a quienes amamos. Éstas son las piedras de construcción esenciales de la virtud cristiana de la esperanza.

El reflexionar sobre el cuidado de Dios es un modo de meditar sobre la amplia promesa de Dios de estar con nosotros. La promesa última de la presencia constante de Dios vino en forma de un niño nacido en Belén, cuyo mismo nombre, Enmanuel, significa Dios con nosotros. No se nos promete salud, o estar libres de persecución, o una vida fácil. Se nos promete que Dios está con nosotros.

En la vida y en la muerte de Jesús vemos que Dios camina con nosotros, sufre con nosotros, se alegra con nosotros y, al fin comparte la plenitud de vida con nosotros. Éste es el sólido fundamento de nuestra esperanza. Nos orienta hacia el futuro arraigándonos en la bondad de Dios en el pasado y en el presente, una bondad que a veces no vemos incluso cuando nos está anclando.

Vista de esta manera, la esperanza cristiana no se puede confundir con un mero optimismo. No es equivalente a una perspectiva positiva sobre la vida, y no depende de las circunstancias externas. La esperanza está profundamente arraigada en nuestra creencia y experiencia de Dios. Es tan definitivamente permanente, que no nos atrevemos a confinarla a pequeños momentos o situaciones específicas. Puede comenzar en momentos sagrados, pero la esperanza nos empuja hacia el futuro; nos empuja a un horizonte más amplio que lo que vemos ahora; nos pide que seamos valientes.

Algunos dirían que la desesperación es lo contrario de la esperanza, pero quizá lo verdaderamente contrario sea el miedo. Cuando tememos el cambio, no nos atrevemos a esperar algo mejor. Cuando tememos la intimidad, no nos atrevemos a esperar un amor auténtico. Cuando tememos la pérdida, no nos atrevemos a invertir de nosotros mismos en algo que no podemos controlar. Cuando tememos el dolor, no nos atrevemos a dedicarnos a la ardua tarea de construir el reino.

Jesús dice simplemente, “No teman,” usando palabras que se repiten tantas veces en la Biblia, que podríamos leer un pasaje distinto con esta frase cada día del año. Estas dos sencillas palabras nos recuerdan aún que es la esperanza, no el temor, lo que nos ancla en Cristo.

En estos días en que nuestra iglesia está sufriendo los efectos de su propia condición pecadora, todavía tenemos razones para la esperanza. La razón no es un “qué”, sino un “quién.” Nos unimos a Timoteo, que dice, “Sé de quién me he fiado” (2 Tim 1,12).

Preguntas para la reflexión o discusión

  • ¿Qué eventos recientes te han tentado a darte por vencido y perder la esperanza? ¿Cómo has orado sobre estos eventos y tu respuesta a ellos?
  • A veces nos preguntamos dónde está Dios y cómo Dios está demostrando su cuidado para con nosotros y para con los que sufren. ¿De qué maneras podrías tú ser la presencia de Dios para alguien que está sufriendo o se siente abandonado?
  • ¿Cómo describirías la relación entre la esperanza y la confianza? ¿Qué experiencias podrías recordar para ilustrar cómo las dos funcionan juntas?
  • ¿Cómo describirías el qué o el quién ancla tu vida?

Este artículo fue originalmente publicado en el Arkansas Catholic el 15 de septiembre de 2018. Derechos de autor Diócesis de Little Rock. Todos los derechos son reservados. Este artículo podrá ser copiado o redistribuido con reconocimiento y permiso del editor.