Los profetas nos llaman a acoger a Dios y al prójimo

Published: April 13, 2013

Este es el 7º artículo de una serie de catorce

Por Cackie Upchurch
Directora del Estudio Bíblico de Little Rock

Cuando los fariseos le pidieron que identificase el mayor mandamiento, Jesús respondió citando dos leyes de la tradición primitiva de Israel: amar a Dios de Deuteronomio 6,5 y amor al prójimo, de Levítico 19,18. (Ver Mateo 22,34-40; Marco 12,28-31). Al poner estas dos leyes a la par, Jesús explicaba, como lo habían hecho los profetas de Israel antes que él, que la devoción a Dios está vacía sin amor al prójimo y que el amor al prójimo significa muy poco sin acoger a Dios.

Como hijo de Israel, Jesús debía estar muy impuesto en las tradiciones de sus antepasados. Las historias de los patriarcas y matriarcas debían haber marcado su infancia, así como la recitación de los salmos y la escucha de las palabras desafiantes de los profetas de Israel. La sagrada familia, como la mayoría de las familias en Palestina, seguramente estaba muy familiarizada con la historia del hacer y romper la alianza con Dios, para renovarla de nuevo una y otra vez.

El amor a Dios y el amor al prójimo son las enseñanzas nucleares que se encuentran en los escritos de los diez y seis profetas nombrados en el Antiguo Testamento. Sus escritos reflejan el período comprendido entre los siglos VIII y V antes de Cristo.

Dentro de esta tradición profética encontramos algunas de las palabras más desafiantes de la Escritura, junto con algunas de las más inspiradoras. Como dice el experto bíblico Walter Brueggemann, el método del profeta es criticar y empujar, basándose únicamente en cuán fielmente camina el pueblo de Dios en los caminos del Dios de la alianza a quien han prometido su fidelidad.

Dios es el gran liberador que moldeó a su pueblo en el desierto y lo condujo a una nueva tierra en que su estilo de vida tribal y nómada fue transformado en una nación de agricultores y artesanos. Los diez mandamientos del encuentro entre Dios y Moisés en el Monte Sinaí piden un modo saludable de vivir con Dios (los tres primeros mandamientos) y con los demás (los otros siete mandamientos).

Los desafíos de vivir en esta libertad recién encontrada, estableciendo una identidad nacional y moldeando las relaciones diarias crearon un cuerpo legislativo más grande, dirigido a reflejar la voluntad de Dios en la comunidad. Las leyes que surgieron de estas primeras generaciones entre el pueblo de Israel están inscritas en 613 mandamientos que le encuentran a través de todo el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio).

Aunque el número suene abrumador, la motivación original era el deseo de modelar una comunidad que encarnase la presencia de Dios en el mundo. Con el paso del tiempo, y en medio de las sempiternas luchas de poder en la región, el pueblo de Dios se hizo olvidadizo. Algunos obedecían las leyes de culto rigurosamente, pero ignoraban u olvidaban el dolor de sus hermanos y hermanas. Otros olvidaban en sus devociones la pureza de intención a la que estaban llamados y jugaban con alianzas extrañas. Algunos simplemente olvidaban sus obligaciones comunitarias mutuas.

Los profetas de Israel servían para recordar al pueblo de Dios de la antigüedad la alianza que sus antepasados habían aceptado de todo corazón cuando caminaban por el desierto (ver Éxodo 19,1-8; 24,3-8). Toda generación necesita ese recuerdo, así que las palabras de los profetas de antaño son palabras para nosotros hoy.

Los profetas bíblicos hablaban en nombre de Dios. No eran visionarios en el sentido popular. No leían posos de té ni bolas de cristal. Sus "predicciones" se podrían llamar más adecuadamente consecuencias. Basados en la evidencia sobre cuán cercanamente o ligeramente seguía el pueblo de Dios la alianza, los profetas pronunciaban con exactitud los resultados inevitables. Hablaban desde una relación íntima con Dios.

Un culto auténtico y el evitar alianzas extranjeras era un modo de expresar el amor de Dios (ver Isaías 30,1-7; Oseas 4,1-6; 6,4-6). Incluso algunos rituales celebrados adecuadamente eran gestos vacíos sin el amor por el prójimo (ver Miqueas 6,6-8). Este tipo de amor se debía cumplir de modos muy prácticos cuidando de viudas y huérfanos, conduciendo los negocios con justicia y viviendo en espíritu de misericordia (ver Isaías 1,10-17; Amós 5,21-24).

Los profetas nunca eran populares, principalmente porque nombraban los pecados de su pueblo y explicaban las consecuencias: destrucción, falta de status nacional, castigo en el exilio, purificación por acontecimientos históricos que no los favorecían. Pero también describían con ricas metáforas los frutos del arrepentimiento: la abundante misericordia y justicia de Dios, la renovación de la alianza con Dios y el perdón de los pecados (ver Jeremías 3,11-18; 31,7-14; Oseas 14,2-9; Miqueas 7,18-19).

No es sorprendente que veamos en Jesús la profunda influencia de la tradición profética, y con Él, busquemos vivir en justicia y misericordia.

Preguntas para la reflexión y discusión
  • Después de leer los pasajes que se identifican en el primer párrafo, ¿cómo describirías la influencia de la educación religiosa en el propio ministerio de Jesús?
  • ¿En qué momentos has escuchado o leído palabras desafiantes de la Escritura o la enseñanza de la iglesia que eran duros de aceptar? ¿Qué pasos puedes dar para abrirte a ser más receptivo de las enseñanzas más difíciles?
  • ¿Qué acontecimientos en tu vida o la vida de tu familia han ilustrado para ti la profunda conexión entre el amor de Dios y el amor del prójimo?
  • Revisa los pasajes que se identifican en este artículo de los escritos de los profetas. ¿Cuáles te encuentras considerando más profundamente? ¿Por qué?

 

Este artículo fue originalmente publicado en el Arkansas Catholic el 13 de abril de 2013. Derechos de autor Diócesis de Little Rock. Todos los derechos son reservados. Este artículo podrá ser copiado o redistribuido con reconocimiento y permiso del editor.